Puntos clave:
- En Punta Allen, Quintana Roo, miembros del Centro Comunitario de Investigación y Monitoreo Submarino (CECIMS) monitorean al mero del Caribe (Epinephelus striatus) con hidrófonos que escuchan su actividad durante la época de reproducción.
- Desde que la comunidad creó dos Zonas de Refugio Pesquero en 2016, las agregaciones reproductivas del mero han repuntado en un sitio casi extinto, registrando hasta 100 individuos por buceo y más de 1800 en el sitio de mayor presencia.
- La especie está en peligro crítico de extinción: desova cada año en los mismos sitios y bajo la misma luna, una constancia que facilita su sobrepesca: de los 28 sitios de agregación que recuerdan los pescadores, hoy solo seis están validados científicamente.
- Los sensores oceanográficos del CECIMS han documentado un aumento de al menos un grado en la temperatura del agua en una década, y durante el blanqueamiento masivo de corales de 2023-2024, el peor registrado a nivel mundial, captaron los picos de calentamiento en tiempo real.
Treinta metros bajo la superficie del mar, un sonido reverbera por el arrecife. Cientos de meros del Caribe (Epinephelus striatus) se congregan en un frenesí de cortejo que sucede una sola vez al año. Vocalizan. Cambian de color. Danzan en espiral unos alrededor de otros. El propósito: asegurar su reproducción. Su rugido particular se mezcla con otro sonido que resalta entre el bullicio. Con el regulador todavía puesto, Magdiel ‘Mako’ Naal, buzo y monitor comunitario, grita: “¡Ya se está recuperando San Juan!”.
Este frenesí reproductivo y sonoro sucede en uno de los reservorios de biodiversidad más importantes de México: la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an, cuyo nombre significa ‘el origen del cielo’ en lengua maya. La reserva abarca más de 650 000 hectáreas de selva tropical, manglares y humedales que colindan con el Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM), la segunda barrera de coral más grande del mundo. El sitio es Patrimonio de la Humanidad declarado por la UNESCO desde 1987 y alberga una comunidad que existe mucho antes de su nombramiento. Punta Allen y sus 400 habitantes sostienen la historia de la cooperativa pesquera Vigía Chico.
En 2015, pescadoras y pescadores de la cooperativa se organizaron para crear el Centro Comunitario de Investigación y Monitoreo Submarino (CECIMS), el primero de su tipo en la región. Desde entonces, generan información científica que sustenta la renovación de dos Zonas de Refugio Pesquero en la Reserva, ubicada en el estado de Quintana Roo. Estos refugios son áreas protegidas federales que la propia comunidad propone, estudia y defiende. Para ello utilizan el monitoreo acústico pasivo: hidrófonos colocados en el fondo del arrecife que escuchan al mero durante su época de reproducción.

Entre 2017 y 2025 acumularon más de 8 000 minutos de grabaciones submarinas y lograron registrar los diferentes sonidos de los peces, al punto de identificar con precisión las fechas de desove. Desde la implementación de los refugios, la cantidad de meros que llegan hasta la zona para reproducirse ha crecido, registrando hasta 3 000 individuos por temporada en el sitio de mayor abundancia.
El mero del Caribe —también conocido como mero de Nassau o mero estriado— se encuentra en lo alto de la cadena alimenticia, justo por debajo de los tiburones. Es una especie importante para estos arrecifes, pero también una de las más vulnerables. Clasificado en Peligro Crítico de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), es solitario la mayor parte de su vida, pero entre enero y marzo abandona el aislamiento para congregarse de a miles en sitios específicos del arrecife y desovar bajo la luna llena. Siempre el mismo sitio y la misma luna. A estos eventos se les llama “agregaciones reproductivas”. Sin embargo, esa constancia que hace posible su reproducción también ha facilitado su sobrepesca y algunos de estos sitios ya han sido exterminados.
Científicos han identificado seis sitios de agregación en Quintana Roo, pero no fueron los primeros en hacerlo. Los pescadores más antiguos hablan de 28 sitios donde sucede —o sucedía— el espectáculo reproductivo. Uno de ellos es San Juan, que hoy es una de las dos Zonas de Refugio Pesquero que protege la cooperativa. Antes de que se prohibiera la extracción de especies durante los meses de las agregaciones reproductivas, cuentan en Punta Allen, los furtivos pescaban con dinamita y extrajeron toneladas de mero hasta acabar con ellos. En 2016, cuando la comunidad logró la creación del refugio, el sitio estaba dado por perdido. Una década de vigilancia y monitoreo más tarde, este año se volvieron a registrar más de cien meros del Caribe en la zona: una señal de que San Juan revive.
Pero lo que es una gran historia de éxito para los meros y los pobladores de Punta Allen está en peligro por una nueva amenaza: la crisis climática.
Los “meros-meros” del Caribe
“Es como un ronquido, como un rugido bastante grave. Rápidamente lo identificas porque no eres tú ni el compañero. Volteas y ahí está. Te está viendo y te está avisando que estás entrando en su zona”. Así describe Magdiel Naal el encuentro con un mero del Caribe durante los buceos.
Naal es de los pocos nacidos en Punta Allen y actualmente sostiene la presidencia del CECIMS. El mar no es nada nuevo para él. “De pequeño me escapaba de la escuela y me escondía en la lancha de mi papá. Cuando se daban cuenta ya estábamos en altamar”, recuerda. Su padre, Daniel, fue uno de los primeros buzos monitores de Punta Allen, de los que salieron a buscar las agregaciones de mero cuando nadie sabía bien qué eran ni para qué servían; mientras que su hijo, Jorge, comenzó a monitorear con solo 10 años y hoy, a los 22, es buzo de rescate y forma parte de la cuarta generación de monitores. “El mar te llama; quieres sentir la emoción de estar allá afuera”, afirma Magdiel Naal.
A diferencia de las áreas marinas protegidas, que se establecen por decreto presidencial, las Zonas de Refugio Pesquero son una solución de las comunidades para las comunidades. Consideradas en la Ley General de Pesca y Acuacultura Sustentables, son propuestas por los propios pescadores y miembros de la comunidad, quienes definen qué especie proteger, en qué sitio y con qué objetivo. Pero no son un acuerdo opcional: sus reglas se publican en el Diario Oficial de la Federación y obligan a todos a seguirlas. Una vez aprobadas, tienen una duración de cinco años y deben renovarse con una justificación científica, explica Omar Rivera, mentor de cambio en Comunidad y Biodiversidad (COBI), una asociación civil que ha apoyado a cerca del 80 % de los refugios pesqueros mexicanos.
En Punta Allen hay dos zonas de refugio pesquero: Niche Habin y San Juan, que miden entre 15 y 17 km2 y van desde los 20 a los 100 metros de profundidad. Ambas se han renovado dos veces y buscan la protección de las agregaciones reproductivas del mero del Caribe. Para lograrlo, queda prohibido pescar mero durante la temporada de reproducción dentro de los polígonos marcados, y son los comités de vigilancia de la propia cooperativa quienes hacen cumplir la norma.


Pero el refugio pesquero es más que una figura legal. “Sirve como un faro”, dice Rivera. “Ese faro trae una luz que ilumina muchas otras actividades”. Desde su implementación, las zonas de refugio han fortalecido las capacidades técnicas y científicas de la comunidad, generado espacios de participación igualitaria dentro de la cooperativa, y transferido liderazgo a nuevas generaciones, sostiene el biólogo. En la práctica, cinco de los once miembros del CECIMS son mujeres y ya van cuatro generaciones de líderes comunitarios que se forman en buceo, monitoreo y conservación.
Distinguir el rugido del mero entre el ruido del arrecife en los miles de minutos de grabaciones exige una ayuda tecnológica que la comunidad por sí sola no puede construir. Por eso, el CECIMS y COBI se aliaron con el investigador Laurent M. Cherubin, de la Florida Atlantic University, para implementar un programa capaz de reconocer y aislar el sonido de las distintas especies de mero. Los hidrófonos se quedan uno o dos meses en el fondo del mar; después, las grabaciones son procesadas en Estados Unidos, el algoritmo separa las vocalizaciones del mero del resto del bullicio y los datos vuelven a Punta Allen convertidos en fechas y horas de actividad reproductiva clasificadas por especie. Es precisamente este resultado el que le permite a la cooperativa “espiar” a los meros durante las agregaciones reproductivas sin el costo ni el riesgo de bucear una y otra vez a 30 metros de profundidad.
Cuando las primeras grabaciones fueron analizadas por los investigadores en Florida, su programa identificó miles de meros tigre (Mycteroperca tigris) o alguna otra especie del género Mycteroperca. “Les dijimos: no es cierto, tu programa te está diciendo una mentira, no hemos visto más que dos o tres meros tigre en comparación con los miles de meros del Caribe que vemos durante las agregaciones”, cuenta Rivera. En ese momento descubrieron que los meros del Caribe mexicano vocalizan diferente a los meros del Caribe estadounidense. Misma especie, distinto acento. Tan distinto que Rivera no descarta que futuros análisis genéticos revelen subespecies.
Esto llevó a que los investigadores recalibraran el algoritmo. Desde entonces, los datos regresan a Punta Allen procesados y precisos.

Esa precisión permite algo que antes era imposible: saber, sin bajar al agua, si la agregación reproductiva ya comenzó. “Ahí vemos la gráfica: en qué día, a qué hora, en qué fase de la luna”, dice Magdiel Naal. Los hidrófonos también confirmaron algo que los pescadores más viejos ya intuían: al caer el sol, la actividad reproductiva se intensifica. “Se ponen más románticos en la tarde-noche”, comenta Rivera.
Los informes se presentan cada año en asamblea ante toda la cooperativa y también se comparten con las autoridades gubernamentales que gestionan la reserva de Sian Ka’an. “Al principio no nos tomaban en cuenta”, dice Naal sobre los directivos de la cooperativa. “Ya empezamos a mostrarles qué hacemos. Ahora ellos mismos preguntan: ‘¿cuántos viste?’ Nosotros se los presentamos: ‘esto es lo que vemos, esto es lo que escuchamos y esto es lo que pasa’. Con esa información [los directivos de la cooperativa] dicen: ‘okey, [están funcionando las zonas de refugio pesquero] vamos a renovar'”.

¿Mal clima para los meros?
“Tu mente no entiende lo que tu vista ve”, dice Lucía Cosgaya. Lleva dos temporadas buceando en las zonas de refugio pesquero de Punta Allen y recuerda así la primera vez que descendió a una agregación reproductiva de mero en Niche Habin. Contó 150 individuos en un cuadro mental y se rindió —eran miles—. Cosgaya no es bióloga ni pescadora, pero conoce los altibajos del mar mejor que muchos. Ella es cocinera tradicional, madre, vecina de la comunidad y esposa de un socio de la cooperativa que también es monitor del CECIMS.
Durante años vio salir a los buzos desde la orilla sin ser una de ellos, pues sus múltiples responsabilidades se entrelazaban con el prejuicio hacia la mujer en los entornos marinos. “De pequeña ni me dejaban esnorquelear”, cuenta. Hoy es monitora comunitaria del CECIMS y bucea a 30 metros de profundidad en condiciones que no son nada sencillas. “El miedo no se ha ido del todo. Cuando dicen ‘agregación’ empieza a retumbar mi corazón. Pero si logro entrar, todo cambia”, dice Cosgaya. “Rompes tus barreras, rompes tus miedos. Te vuelves poderosa”.
Las agregaciones no ocurren en cualquier condición. “Solo están ahí cuando hay mal clima”, sostiene Cosgaya. Y eso, “tiene una lógica aplastante” para la buceadora. El oleaje y las corrientes no son un obstáculo sino una necesidad biológica. Las larvas del mero logran dispersarse gracias a las fuertes corrientes que acompañan un “mal clima”. Estas condiciones les permiten alejarse de los depredadores y sobrevivir. Mientras que para los meros, el mal clima les permite subsistir, para los monitores, la travesía al sitio puede tomar más de una hora en esas condiciones difíciles. “La última vez que fuimos, un capitán quería regresar y el otro no”, cuenta.
Sin embargo, lo que el cambio climático amenaza no es solo la temperatura del arrecife sino esta lógica de supervivencia: Si los patrones de corrientes se alteran, la dispersión de larvas se ve comprometida y con ella la variabilidad genética del mero del Caribe.
Un estudio de 2018 ya mostraba la fuerte relación entre calentamiento del océano, cambios en las corrientes marinas y en las agregaciones reproductivas del mero del Caribe. Ese calentamiento puede transformar las condiciones físicas que sostienen la reproducción del pez en el Gran Caribe y sus conexiones con el golfo de México. Al elevar la temperatura superficial del mar, el agua se vuelve menos densa y puede modificar la dinámica de las corrientes. Estos cambios son relevantes porque las agregaciones de desove de la especie se asocian con un intervalo térmico relativamente estrecho —entre 24 y 27,5 °C— y con determinadas condiciones de circulación. El estudio señala que el hábitat adecuado para las agregaciones reproductivas podría disminuir y desplazarse hacia el norte: una señal de alerta para una especie cuya reproducción depende de encuentros masivos, breves y sincronizados en sitios específicos.

Por eso, los sensores oceanográficos del CECIMS llevan una década registrando la temperatura del agua en los sitios de agregación y han documentado un cambio de al menos un grado en ese período. En los episodios más cálidos han llegado a marcar 31.5 grados centígrados a 30 metros de profundidad. Durante el blanqueamiento masivo de corales en 2023-2024 —el más grave hasta la fecha, pues afectó a más del 84 % de los arrecifes del mundo, incluido el SAM, según la NOAA— los sensores de Punta Allen captaron los picos de calentamiento en tiempo real. “Hemos visto cambios en los corales, como blanqueamiento y nuevas enfermedades”, dice Lucía Cosgaya. Para ella, la consecuencia es obvia: “Dependemos de los corales. Si no hay corales vivos, no hay peces”.

En las asambleas comunitarias, los datos dejan de ser sólo gráficas que reúnen temperatura, fecha, hora y actividad vocal del mero: se convierten en historias que tocan lo que sucede fuera del agua. “Para la gente no solo el agua estaba caliente”, explica Rivera. El aire y el cuerpo también: “hubo menos pesca, más enfermedades y no sirvió la planta de luz en ciertos días”. Los efectos del cambio climático y la sobrepesca no se los vienen a contar: los escuchan, los ven y los viven en su comunidad. Por lo mismo, “el conocimiento que a veces tanto nos gusta presumir, ellos lo tienen de una manera tan natural que no lo necesitan alardear”, dice el biólogo. Este conocimiento anclado al territorio, sumado al dato preciso que la ciencia les ofrece, ha probado ser un gran aliado para la protección de su hogar.
Lo que a Rivera más le impacta es que, “a pesar de que son personas que llevan toda la vida viviendo allá, está esa capacidad de asombro, esa capacidad de orgullo de lo que representan esos sitios [de reproducción del mero del Caribe] para ellos”. A Punta Allen la sostienen cuatro generaciones de pescadores que aprendieron a escuchar al mar incluso antes de que se interpretaran los datos. Ahora esos datos les devuelven lo que sus mayores intuían mirando la luna y las estrellas: el momento exacto en que el mero se reúne a cantar, danzar y desovar. “El mar representa todo para nosotros”, dice Lucía Cosgaya. “El mar es vida”, dice Magdiel Naal. “Un lugar estable, si lo cuidas”, dice Jorge Naal. Daniel Naal no agrega nada más, solo escucha las olas.
Un Estado que no colabora
Durante todo el año el mero suele mostrar una coloración café-rojiza con barras claras. Pero en las agregaciones reproductivas su cuerpo cambia: aparecen fases adicionales —bicolor, oscura, de vientre claro—. En la zona, estudios recientes han documentado que esas fases son un lenguaje corporal con el que los peces coordinan el cortejo, la territorialidad, la disponibilidad reproductiva y, posiblemente, los roles dentro del desove. “Es como cuando ves a un ave hacer danzas aquí en la tierra, ahí abajo ves a los meros cortejando y danzando”, describe Rivera. Al caer la tarde, el cortejo culmina: un grupo asciende de golpe y, al frente, una hembra libera los huevos mientras detrás los machos los fertilizan.
La norma mexicana que regula el aprovechamiento del mero abarca las costas del Golfo de México y el Caribe, pero fue diseñada en torno al mero rojo (Epinephelus morio), una especie que destaca en las pesquerías del Golfo pero que escasea en las del Caribe. De ahí vienen dos desajustes para el mero del Caribe. El primero, de talla: la norma fija una talla mínima de captura de 36.3 centímetros —por debajo de los 38 a 50 en que el mero del Caribe alcanza la madurez—, de modo que permite pescarlo antes de que llegue a reproducirse. El segundo, de calendario: la veda vigente para el Caribe mexicano va del 1 de febrero al 31 de marzo; y con el cambio climático, las fechas de desove cambian, señalan los investigadores. “La época de veda está desfasada”, advierte Rivera. “Hemos visto que todavía hay meros en etapa de reproducción en meses en que la veda ya no está activa”.
Para corregir los datos, COBI, junto con la Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente (AIDA) y el Fondo para el Sistema Arrecifal Mesoamericano (MAR Fund), recomiendan aumentar la talla mínima para incluir la talla de madurez del mero del Caribe, separar la veda del Golfo de la del Caribe y extender la de esta última región de dos a cuatro meses. También proponen reconocer oficialmente las agregaciones reproductivas como sitios de importancia crítica en la legislación pesquera mexicana, otro vacío que persiste. Un investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) trabaja actualmente en una propuesta para ajustar esa época de veda con base en los datos acústicos del CECIMS.

Los datos que recogen los pescadores mantienen de pie un refugio que le da a los meros la seguridad para multiplicarse. Con esa información, el CECIMS le comprueba a la cooperativa que los refugios funcionan y ésta destina más recursos para su renovación y vigilancia. Rivera explica que, según un informe reciente, se han logrado identificar y detener a más de cincuenta personas por pesca ilegal en la zona.
Y los meros notan la creciente protección: En Niche Habin las temporadas vuelven a reunir miles de meros; en San Juan, que pasó varios años sin ver un solo pez, ya empieza a repoblarse. “Todos estos factores sociales de gobernanza por parte de la comunidad, combinados con que existe un polígono de protección oficial, están haciendo su chamba [su trabajo]”, dice Rivera.
Pero la Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an y la comunidad costera de Punta Allen no están exentas de otras amenazas. Desde Tulum, uno de los polos de desarrollo más cercanos a la reserva, llegan la contaminación y los pescadores furtivos que activamente buscan los sitios con mayor biodiversidad. “Si se enteran de que hay un lugar bonito, ahí ya valió [ya no tiene futuro]”, dice Jorge Naal, hijo de Magdiel y miembro de la cuarta generación de buzos monitores del CECIMS y quien ya cría a la quinta.
El proyecto Puerta al Mar —una carretera de 54 kilómetros que el Ejército mexicano construye a través de los humedales de Sian Ka’an hacia el Mar Caribe, y que incluye restaurantes, muelle y una playa artificial sobre manglares— preocupa a la comunidad por el modelo de desarrollo que podría atraer hacia las zonas de refugio. “Tiene implicaciones directas”, advierte Rivera. “La intención de traer un modelo de desarrollo no compatible con lo que quieren las comunidades es una amenaza, sin duda”. La cooperativa se ha opuesto formalmente al proyecto, asegura Magdiel Naal.

Daniel Naal tiene más de 40 años en Punta Allen. Ya no bucea, su columna se lo impide. Se le atribuye haber inventado la sombra para langostas, ese método ahora reconocido por su eficacia y utilizado en todo el Caribe para la pesca sostenible de estos crustáceos. Él fue uno de los primeros del pueblo en capacitarse como buzo y monitor comunitario, cuando nadie sabía a ciencia cierta qué era una agregación reproductiva ni para qué servía monitorearla. Hoy, su hijo Magdiel preside el CECIMS, su nieto Jorge ya participa en los monitoreos y acaba de convertirse en padre. “Ojalá crezca y conozca la especie”, dice Daniel sobre su bisnieto. “Esto que hacemos es para las futuras generaciones, no para nosotros que ya vamos de salida”.


