Después del fracaso de la COP30 (Belém, 2025), que tenía como reto avanzar en una hoja de ruta para abandonar los combustibles fósiles (phase out); Colombia y Países Bajos lideran la Primera Conferencia Internacional para la Transición Más Allá de los Combustibles Fósiles. Santa Marta, una playa del caribe colombiano, es el lugar que reunió a representantes de 57 países; entre los que se registran tres centroamericanos: Panamá, Costa Rica y Guatemala.

La Conferencia de Santa Marta surgió del agónico estancamiento en el que están las negociaciones de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, conocida como COP. Cuya voluntad política quedó plasmada en el documento final de la COP30, que ni siquiera hace referencias a los combustibles fósiles.
“Lo que ha pasado en todas las cumbres de cambio climático es que el tema de los combustibles fósiles queda oculto, de alguna manera es el elefante blanco sobre la mesa”, dice la ministra de Ambiente y Desarrollo Sostenible de Colombia, Irene Vélez Torres, quien confirmó la participación de 56 países en la Conferencia de Santa Marta.
En Colombia, ahora, los objetivos parecen estar más claros para la coalición de Estados que inicó el debate de cómo: encontrar un camino a la independencia económica de los combustibles fósiles, transformar la matriz energética y construir una nueva diplomacia climática.
Y aunque la Conferencia de Santa Marta no es vinculante ante el sistema de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); los países participantes representan el 30 % del Producto Interno Bruto mundial, la quinta parte de la producción y la tercera de la demanda mundial de petróleo. Además, asisten grandes productores de gas y petróleo como: Nigeria, Angola, México, Brasil, Canadá, Austria, Reino Unido y Noruega.
“En un momento de creciente volatilidad en el mercado de los combustibles fósiles, no hay mejor momento para iniciar la transición hacia la eliminación de los combustibles fósiles, reduciendo el impacto climático, fortaleciendo la independencia energética e impulsando el crecimiento económico verde”, señaló Van Veldhoven, ministra de Clima y Crecimiento Verde de Países Bajos.
La reunión en Santa Marta se da mientras la guerra por el petróleo, minerales y tierras raras mantiene la mirada del mundo en el estrecho de Ormuz, epicentro del conflicto entre Estados Unidos e Irán. Hasta el 24 de abril, la guerra mantenía el barril de petróleo crudo Brent en 105.33 dólares. Por su alta demanda para el refinamiento de diésel y gasolina, el brent establece precios mundiales.
“En Colombia, la comunidad internacional tiene su mejor oportunidad de responder a la distopía en la que Donald Trump y la industria del petróleo quieren que vivamos”, advierte Claudio Angelo, coordinador de Política Internacional del Observatório do Clima, de Brasil.
La invasión estadounidense por petróleo a Venezuela y la suspensión de exportaciones de petróleo venezolano hacia Cuba, no son eventos aislados: son impactos de la guerra por las energías fósiles emprendida por Estados Unidos. Así que los 57 países quieren amortiguar los impactos con una salida “pacífica” y “paulatina” a la dependencia del petróleo. Empezando por la eliminación de subsidios a la gasolina y aumento de incentivos a las energías renovables.
La Conferencia de Santa Marta arrancó con la creación del primer Panel Científico para la Transición Energética Global (SPGET, por sus siglas en inglés), que tendrá su sede en la Universidad de São Paulo, Brasil. El organismo, de carácter global, servirá para asesorar a los países sobre acciones concretas para reducir su dependencia a los combustibles fósiles. “Estamos haciendo política con ciencia. Y la mejor ciencia nos dice que debemos eliminar los combustibles fósiles a más tardar en 2045”, resalta la ministra de ambiente de Colombia.

De hecho, la sociedad civil presente en la conferencia alza la voz ante la emergencia climática. “El panorama legal global ha cambiado drásticamente. Las opiniones consultivas de la Corte Internacional de Justicia y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, emitidas en 2025, han elevado la acción climática al rango de obligación jurídica. Ya no se trata de buena voluntad política, sino de cumplir con el derecho internacional para garantizar el derecho a la vida. El abandono de los combustibles fósiles es hoy un mandato de derechos humanos”, sostiene Laura Restrepo Alameda, Climate Action Network Latinoamérica (CANLA)
El rostro del cambio climático
Precisamente, esta playa en el corazón del caribe colombiano, refleja los impactos del cambio climático. Santa Marta forma parte de un ecosistema mayor con una ciénaga y una sierra nevada con el mismo nombre. Entre 1954 y 2017, el cambio climático ha reducido 90 % de la nieve que cubría el ecosistema montañoso costero. De donde nacen 35 ríos y se producen 10,000 millones de metros cúbicos de agua. El cambio climático y las lluvias extremas, además, han provocado el asolvamiento de la playa, que recibe altas cantidades de desechos sólidos que bajan de la cuenca alta.
Siempre en Suramérica, pero en la isla de Combu, a menos de media hora de la ciudad de Belém do Pará, Brasil, el cambio climático amenaza la medicina ancestral derivada de la fruta de andiroba, una especie que sirve como analgésico, desinflamante y cicatrizante. Las sequías extremas y la erosión de la orilla del río Amazonas afectan a esta especie. “¡Está muy caluroso! Y a Andiroba le gusta el agua y no hay agua”, explica Daniele Raiol, presidenta Asociación de Mujeres Extractivistas de Combu (AME, por su siglas en portugués).
Ahora tienen que recorrer más adentro del bosque para encontrar árboles, cuyo fruto, además, deben disputarse con los papagayos que se alimentan de esta semilla. “Pica las semillas y las tira verdes, así no las podemos utilizar”, añade Raiol.
Las mujeres de la isla fluvial de Combu forman parte de la bioeconomía amazónica. Con los frutos del bosque hacen artesanías; y extraen la esencia de la semilla de andiroba para productos artesanales como cremas exfoliantes, repelentes, jabones y aceites que venden a turistas.






Las mujeres también ofrecen artículos de biojoyería, creada con semillas de la Amazonía. Foto: Carolina Amaya

A más de 1,700 kilómetros de distancia de Santa Marta y unos 4,000 kilómetros de Brasil, en El Salvador, el cambio climático alcanza también a Centroamérica: En la playa El Icacal, al oriente salvadoreño, habitantes y la organización MILPA El Salvador denuncian la pérdida de 12 hectáreas de playa. La erosión ha degradado en su camino manglares y arrecifes.




El Índice de Riesgo Climático (CRI) 2026, publicado por Germanwatch, situó a Honduras y Nicaragua entre los diez países más afectados por fenómenos meteorológicos extremos en el período entre 1995 y 2024.
Sin embargo, en Santa Marta, solo tres de siete países centroamericanos —Panamá, Costa Rica y Guatemala— acompañan a la coalición. La ausencia de Nicaragua, Honduras, El Salvador y Belice muestra la dependencia económica, principalmente, al petróleo y sus derivados. Este combustible fósil mantiene industrias poderosas en la región, como la del plástico.
Transición energética
Volviendo a la Conferencia de Santa Marta, uno de los temas prioritarios es la transición energética justa, es decir, que la población tenga acceso a tecnologías para la generación de energías renovables. Lo que permitiría a las sociedades abandonar la dependencia de combustibles fósiles.
Durante 2025 en América Latina y el Caribe se generó el 63 % de la electricidad a partir de fuentes renovables, superando el promedio mundial que 34 %, revela el Informe Mundial sobre la Electricidad 2026, presentado en la Conferencia de Santa Marta por el centro de estudios Ember.
Las energías solar y eólica fueron las principales fuentes de generación. Lo que permitió a la región reducir el impacto de la volatilidad del mercado de combustibles fósiles, describe Wilmar Suárez, analista para América Latina de Ember. “El siguiente paso es aumentar la flexibilidad del sistema eléctrico mediante una mayor capacidad de almacenamiento en baterías, el robustecimiento de las redes eléctricas y la integración eléctrica regional, permitiendo aprovechar todo el potencial de la generación renovable”, agrega Suárez.
La capacidad de las baterías es un reto con el que se enfrenta Kara Solar, un proyecto de generación eléctrica con paneles solares en lanchas, implementado por pueblos indígenas en la Amazonía ecuatoriana.


Juan Manuel Crespo, integrante del directorio de Fundación Kara Solar, cuenta que el camino ha sido a prueba y error. Y que incluir la cosmovisión indígena ha sido decisivo para que el proceso sea aceptado por las comunidades.
El proyecto de Kara Solar surgió en 2012. Para 2017 ya había creado la primera canoa solar. Luego pasaron a montar paneles solares en lanchas. Y actualmente, en su proyecto Ríos solares, crean infraestructuras en donde las comunidades indígenas pueden cargar las baterías de sus lanchas.
Mientras la Amazonía lidera la transición energética con esos proyectos novedosos para reducir la contaminación dentro de la selva y acercar la transición energética justa a las comunidades; en Centroamérica, el aumento de energías renovables ha llegado.
El debate en Santa Marta ahora establece la desinversión de los combustibles fósiles y el financiamiento de energías limpias. “Un asunto de seguridad estratégica para Centroamérica, reduce de manera significativa la dependencia, los riesgos fiscales y los daños ambientales”, resalta Raití Juárez Miembro Centroamérica Hub de Finanzas Sostenibles de CANLA.


