Datos clave:
- Un grupo de 19 personas, en su mayoría mujeres, se adaptan al cambio climático en el municipio de Ahuachapán Sur, una zona golpeada con sequías y lluvias extremas.
- Son 13 comunidades las que operan un sistema de prevención y mitigación de riesgo que se comunica vía Whatsapp.
- La red de monitoras tiene 13 puntos de monitoreo de lluvia, cuatro de temperatura y humedad y 11 puntos de muestreo físico químico de agua en los manglares del municipio, lo que les permite salvar vidas y proteger sus ecosistemas.
- Con apoyo de varias instituciones, las mujeres han creado un banco de semillas criollas resistentes al clima extremo que incluye plantas como maíz negro y amarillo, tomate, pepino, chile jalapeño, berenjena, pipianes y flor de jamaica.
La temporada de huracanes 2026 en el Pacífico y las alertas internacionales por los impactos severos asociados con el fenómeno de El Niño, activaron a un grupo de mujeres en la ruralidad del municipio de Ahuachapán Sur, en la costa occidental de El Salvador. Estas mujeres intentan conservar los manglares del Sitio Ramsar Complejo Barra de Santiago, para proteger a las comunidades que padecen los daños y pérdidas que deja el cambio climático en el país.
Con frecuencia ellas se reúnen para intercambiar semillas criollas resistentes al clima extremo, vender productos agroecológicos y hablar de lo que aprenden en la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario. Esta red surgió de forma espontánea en 1998, tras los impactos del huracán Mitch en las comunidades costeras del departamento de Ahuachapán y, poco a poco, se fue tecnificando con la llegada de varias ONG. Actualmente, el grupo está conformado por 19 personas: 12 mujeres y siete hombres que trabajan en la adaptación climática.
Las mujeres, que se han enfrentado a tormentas tropicales, huracanes y sequías, se han convertido en monitoras del clima mientras generan datos científicos con apoyo técnico de la organización no gubernamental Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES) y la Universidad de El Salvador (UES). Como resultado del monitoreo de lluvias, emiten alertas tempranas para evitar muertes por desbordamientos de ríos e inundaciones, y hasta para ajustar los tiempos de sus cultivos si se pronostican sequías prolongadas.
A finales de abril de 2026, las monitoras se reunieron en los manglares del cantón Garita Palmera, que forma parte del Complejo Barra de Santiago. Este ecosistema está afectado por la salinización del agua y la erosión costera causada por actividades agrícolas que hacen uso desmedido del agua de los ríos, pero también por el impacto de tormentas tropicales y el incremento en la frecuencia del mar de fondo, un fenómeno natural que incrementa el oleaje del océano Pacífico. Este escenario no es desconocido para las mujeres más veteranas de la red, que en aquella reunión de abril entrenaron a una docena de nuevas integrantes, con la esperanza de ampliar la cobertura del monitoreo hidroclimático.
Con pluviómetro en mano, Glenda Lara Mangandi explica que su trabajo es hacer el seguimiento a la lluvia acumulada durante las últimas 24 horas. Los resultados se registran en la bitácora de lluvias y se comparten en grupos de WhatsApp. “Esto nos sirve para alertar a todos los grupos”, afirma Lara.
Bajo este esquema de gestión de riesgo operan 13 comunidades que monitorean la lluvia en la cuenca alta, media y baja de los ríos Paz y Cara Sucia – San Pedro Belén, en los distritos de San Francisco Menéndez, Jujutla y Guaymango, del municipio de Ahuachapán Sur, en el departamento de Ahuachapán. La gestión de riesgo llega hasta Metalío, una playa del distrito de Acajutla, en el municipio de Sonsonate Oeste, en donde desemboca el río Cauta que nace en Ahuachapán.

Con el paso cada vez más frecuente de eventos naturales potenciados por el cambio climático y con la práctica constante en el uso de dispositivos para medir el clima, estas mujeres han entendido que la ciencia y la tecnología son sus mejores herramientas para evitar desastres en las comunidades rurales en las que viven.

Comunidades que se blindan con ciencia
El huracán Mitch dejó grandes retos, explica Sara García, una reconocida defensora ambiental del occidente salvadoreño e integrante de la red de monitoras desde sus inicios. Mitch está entre los 10 huracanes más intensos del Atlántico registrados por la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), y uno de los más letales, dejando a su paso 11 000 muertes, 8000 desaparecidos y daños por 5000 millones de dólares en 1998.
El impacto fue severo en la costa salvadoreña. Por eso, cuenta García, el mayor reto de las comunidades del municipio de Ahuachapán Sur fue trabajar en la mitigación y adaptación al cambio climático, a tal punto que el tema se convirtió en un eje principal de la organización comunitaria.
A casi 28 años del huracán Mitch, las comunidades tienen 13 puntos de monitoreo de lluvia, cuatro de temperatura y humedad, y once puntos de muestreo físico químico de agua en los manglares del municipio, ecosistemas que sirven como barrera natural contra inundaciones, erosión costera y mareas altas.


Cada evento climático les deja más experiencia, pero García no niega que uno de los que más le marcó fue el paso de la tormenta tropical Julia en octubre de 2022. En ese momento monitoreaba Guaymango, en Ahuachapán Sur, por donde corre el agua que alimenta las subcuencas de los ríos Cauta, Metalío y Chalata que desembocan en el departamento de Sonsonate. “Nosotros medimos la intensidad de la lluvia. Y teníamos ya más de seis horas de lluvias intensas”, narra.
García emitió la alerta temprana hacia la red de monitoras de la cuenca baja, en las playas Metalillo, Monzón y Costa Azul, en Sonsonate, y ellas se comunicaron directamente con un centro de salud cercano que se encargó de evacuar a cuatro personas en zonas vulnerables de la desembocadura de los tres ríos.
Dos horas después de la alerta, “el río se desbordó totalmente y se metió a todas esas casas a más de un metro de altura”, cuenta la monitora de Guaymango. A pesar del impacto en términos materiales, el monitoreo logró uno de sus objetivos supremos: salvar vidas.
Adaptación climática comunitaria
En tiempos de crisis climática, y ante la falta de un sistema de protección civil integral y eficiente, el dato científico comunitario cobra importancia. “Generar estos avisos oportunos desde las comunidades que componen el sistema de monitoreo, ayuda a reducir los impactos en pérdidas y daños que se puedan ocasionar debido a estos eventos extremos”, reconoce Asunción Martínez, encargada del proyecto de monitoreo climático en la UNES.
La adaptación climática de la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario no sólo incorpora un sistema de gestión de riesgos que se comunica vía WhatsApp, sino que han creado un banco de semillas criollas resistentes al clima costero, impulsan jornadas para limpiar y remover los sedimentos que obstruyen los canales del manglar y trabajan en la reforestación del Complejo Barra de Santiago.
En la reunión que las mujeres tuvieron en Garita Palmera, Ana de Jesús González, agricultora de la tercera edad que participa como monitora climática, explicó a Mongabay Latam que para proteger sus cultivos de las posibles inundaciones, los saca de la tierra y los traslada a estantes. El Porvenir, la zona rural donde ella vive, se inunda con el desborde del río El Chino. “Nos toca andar embotadas porque se nos mete el agua”, describe.
Cuando eso pasa, lo primero que las mujeres pierden son sus cultivos: “Las plantitas se nos mueren”, repite González. Y ese es un lujo que ellas no se pueden permitir, ya que la venta de frutas y vegetales agroecológicos en ferias locales es su modo de subsistencia en la ruralidad de uno de los sitios más pobres de El Salvador.
De hecho, en 2024 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en El Salvador hizo un análisis socioeconómico donde resalta que el 50 % de la población en el municipio de Ahuachapán Sur se encuentra en condición de pobreza multidimensional; es decir, que vive con menores oportunidades para acceder a salud, educación y calidad de vida. Por eso la soberanía alimentaria es vital para la subsistencia de estas comunidades.

Glenda Lara Mangandi reconoce la importancia de estar informadas. “Antes no sabíamos que al haber mucha lluvia se perdían las hortalizas”, destaca la monitora de El Porvenir. Ahora, el sistema de monitoreo hidroclimático les permite generar datos y comunicarlos oportunamente a las personas que se dedican a la agricultura. “Se les informa cuando habrá mucha o poca lluvia y cuando habrá resequedad”, recalca.
Los desafíos que impone El Niño
Uno de los retos inminentes para las mujeres monitoras es el actual fenómeno de El Niño. El 4 de agosto, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advirtieron que existen las condiciones para que El Niño “evolucione de un evento fuerte a muy fuerte”. Bárbara Tapia, de la OMM, dijo dos días después que el máximo punto de El Niño será perceptible entre noviembre de 2026 y enero de 2027, por lo que la organización recomienda la “articulación de autoridades nacionales, subnacionales y locales”, aseguró Tapia.
La NOAA estima un 69 % de probabilidades para que, entre octubre y noviembre de 2026, el fenómeno “se convierta en un evento histórico que superaría la intensidad de los eventos de El Niño previos en el registro que data desde 1950”, detalla en un comunicado del 13 de agosto.

Desde el 23 de junio, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) ya alertaba sobre el inicio temprano de la canícula —evento climático que ocurre durante el verano y se caracteriza por una disminución o ausencia de lluvias acompañada de un aumento significativo de las temperaturas—. La alerta máxima se dio el 25 de agosto, cuando la dirección general de Protección Civil de El Salvador declaró alerta roja a nivel nacional por sequía.
Sin embargo, esto no tomó por sorpresa a la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario. Antes de las advertencias meteorológicas, entre marzo y abril, las monitoras de Ahuachapán Sur ya registraban datos de lluvia escasa asociados con El Niño. “En las comunidades de Paz y Progreso cayeron 14.4 mililitros (ml) de lluvia; en Bola de Monte, 4.0 ml, que es poquito; en El Tamarindo 1.4 ml”, detalla Lara Mangandi al acceder al registro del 26 de abril que realizó el grupo de mujeres en Garita Palmera.
A la alerta por el aumento de las temperaturas en El Salvador se suma la alarma por riesgos en salud. En un informe elaborado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la entidad alertó que entre los principales riesgos se encuentran el cólera y otras enfermedades transmitidas por el agua, así como enfermedades transmitidas por vectores, como la malaria, el dengue, el zika y el chikunguña.
Es por eso que las monitoras de Guaymango ya preparaban repelentes naturales para combatir las plagas que proliferan con el calor. Sara García tiene claro que hay una variedad de insectos que afectan directamente sus cultivos agroecológicos, “como la cochinilla, la mosca amarilla, el gusano foliar”. Los repelentes son a base de leche solo para ahuyentar a los animales, “no los podemos matar”, recalca.
El modelo de resiliencia de la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario ha logrado avances significativos, pero también debe enfrentar retos que persisten. Asunción Martínez, de la UNES, explica que el mayor problema para las comunidades del municipio de Ahuachapán Sur es que la crisis climática no les da tiempo de recuperarse de los daños y pérdidas de un evento, pues inmediatamente llega uno nuevo. “No terminamos de recuperarnos de un evento extremo, como sequía o precipitaciones, cuando ya viene otra situación que desencadena otras problemáticas”, explica.
El Salvador tiene un escenario crítico con los impactos previstos de El Niño en Centroamérica: déficit de precipitaciones, sequías prolongadas y aumento de la temperatura. “Estas condiciones afectarán directamente los medios de vida de la población y entre estos la agricultura de subsistencia, principal medio de vida de millones de familias rurales”, alerta la UNES.
Como parte de la adaptación climática, esta organización acompaña la producción agroecológica que emprenden estas monitoras climáticas, a través de su santuario de semillas criollas resistentes al calor de la costa.
La misma encargada de la estación pluviométrica de El Porvenir, Glenda Lara Mangandi, es la guardiana de este banco que, entre otras semillas, conserva maíz negro y amarillo, tomate, chile jalapeño, berenjena, pipianes y flor de jamaica. Las comunidades también han diversificado estos cultivos con otros como la yuca, el plátano, el rábano y el pepino.

Guardianas del manglar
Las comunidades costeras del departamento de Ahuachapán han puesto en práctica la adaptación climática para estar mejor preparadas ante los desastres y garantizar su seguridad alimentaria. Pero no sólo esto, también se han embarrado el cuerpo de lodo para restaurar el Sitio Ramsar y Área Natural Protegida Complejo Barra de Santiago, donde los manglares están muriendo debido al bloqueo de varios canales, lo que impide el flujo natural del agua dulce y salada que mantiene la salud del ecosistema.


Las mujeres monitoras han pasado a la acción y realizan limpieza de los canales para que el agua salobre fluya y el ecosistema se restaure naturalmente, mientras que, por otro lado, reforestan con mangle negro (Avicennia germinans) o istatén, como se le conoce a este árbol en El Salvador. Aseguran que sólo en 2023, junto con la UNES, reforestaron 1.5 hectáreas en la zona aledaña al canal Los Tubos, en Garita Palmera. Para ellas, se trata de un gran logro pues, aunque la cifra parezca pequeña, es toda una hazaña que la mayoría del manglar en esa área aún sobreviva en 2026.



Durante los últimos 35 años, Néstor Herrera, biólogo independiente, ha dado seguimiento a la evolución del Complejo Barra de Santiago y asegura que, desde 1991, el ecosistema ya reflejaba los daños por el azolvamiento de canales y la salinización del agua. Según Herrera, en la zona alta de la cuenca la agricultura industrial —sobre todo de caña— desvía los ríos para sus cultivos, diezmando la cantidad de agua dulce que recibe el manglar.
Cuando los canales se reducen, explica el biólogo, los habitantes ya no pueden navegar y no hay pesca. “Hay pérdida de bancos de conchas, cangrejos, y toda la proteína que alimenta a las comunidades”, dice.
Herrera reconoce que sin el trabajo comunitario este manglar estaría en peores condiciones, pero teme que los esfuerzos comunitarios se queden cortos ante la crisis que se vive. “Estamos teniendo un invierno muy seco, muy bajo en agua, entonces no importa si han desasolvado los canales [el proceso que consiste en remover los sedimentos acumulados en los canales para permitir que el agua fluya] porque no va a haber agua”.
Por años, las comunidades han pedido a diferentes gobiernos que dejen maquinaria permanente para la liberación rápida de las bocanas que cada vez se bloquean con más frecuencia debido a la ocurrencia de fenómenos como el mar de fondo —evento de oleaje alto que suele agravarse cuando hay sistemas ciclónicos cerca de la región—. Sin embargo, el apoyo llega esporádicamente.
Para evaluar el estado de los ecosistemas, su biodiversidad y la efectividad de la reforestación, Asuncion Martínez de la UNES comenta que las guardianas del manglar hacen constantes monitoreos de los parámetros biofísicos del agua con apoyo de la Universidad de El Salvador (UES). Tener el dato científico les sirve como respaldo para exigir la protección de su territorio.

Esa apropiación comunitaria de la información científica ha representado una esperanza para la gente que vive en la costa de Ahuachapán. Sienten que ya tienen mejores herramientas para responder a los efectos de los fenómenos naturales potenciados por el cambio climático y cada vez son más conscientes de lo importante que es recuperar el manglar del Complejo Barra de Santiago, su escudo protector para los embates de la naturaleza.
*Este reportaje es una alianza periodística entre Mongabay Latam y MalaYerba de El Salvador.


